viernes, 2 de noviembre de 2007

Ser pobre no es un lujo

Pues mire usted, yo soy pobre porque más que nada no puedo permitirme el lujo de dejar de serlo. Y no es que no lo haya intentado, que no lo he hecho, lo que pasa es que si me dedico a esa actividad no me daría tiempo a revolver en las basuras para comer y mantener a mis mascotas Lily Liendre y Ratatuí, mi auténtica familia.
La gente me dice que pida las ayudas de inseminación social y los incentivos al empleo, pero siempre llego tarde. Para cuando me entero de que se abre el plazo, ya hace meses que lo han cerrado. Aquí los del departamento de Caridad se creen que a los que vivimos bajo el puente nos dejan el periódico en el felpudo de barro todas las mañanas. ¡Cómo se nota que no se enteran de nada metidos allí, en su palacio floral! Yo leo el periódico más que nada en invierno, cuando lo saco de los contenedores de papel para ponérmelo debajo del jersey. Ahí descubro que han dado ayudas de intersección pero, para entonces, se las han quedado todas los pobres de carrera, que han estudiado en la universidad y se pasan el día con la PDA apuntándose a las rifas de los pisos sociales y acaparando las limosnas del gobierno. Unos linces, los tíos.
En una ocasión intenté pedir una. La daban los servicios sociales del ayuntamiento, pero la concedía la Diputación con una partida del Gobierno vasco. Había que hacer tal papeleo que me costaba más la gestoría que lo que me daban. Ya ves.

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