martes, 15 de abril de 2008

¡Que vienen los ricos!


Llegaban en oleadas desde los países ricos. Viajaban alojados en las suites de lujo de trasatlánticos principescos y espatarringados en los mullidos sillones de la clase oro de las aeronaves intercontinentales. Otros cruzaban las fronteras a altas horas de la madrugada en limousinas enormes lanzando botellas vacías de champán por la ventana. Esta inmigración de ricos fue al principio un goteo esporádico, pero en los últimos años se estaba convirtiendo en un torrente de montaña que amenazaba la estabilidad del país.
No hemos hablado del país. El país había sido siempre pobre, tan pobre que hasta la madre que lo parió lo había tenido que pedir prestado. Sin embargo, con el esfuerzo de sus habitantes y el buen hacer de su Gobierno, habían conseguido pasar de pobres a miserables. “La miseria va bien” decía por la tele en blanco y negro su presidente, prometiendo que si le reelegían conseguiría llevarlos a la indigencia más absoluta.
Y ahora venían todos esos chulitos de mierda, atraídos por las promesas presidenciales, a subir la renta per cápita.
Esta marabunta de ricachones se instalaban en el litoral hacinándose en mansiones con piscina y cancha de tenis. Vivían, comían, bailaban y jugaban al polo, despreciando la idiosincrasia menesterosa del país.
El estallido social era inevitable, y cuando se produjo, fue cruel y fulminante. El pueblo llano, en un ataque de lujofobia, les agarró, les metió en sus yates y les repatrió a su puto país de origen mientras gritaban: ¡Pordioseros sí; ricos, no!
Josetxu Rodríguez

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