martes, 12 de octubre de 2010

¡No sin mi plancha!



PuEDO
asegurar, sin temor a equivocarme, que cualquiera que haya viajado en pareja ha transportado, en ocasiones sin saberlo, una plancha de viaje con mango plegable cuya función era aparecer en medio del desierto argelino, en una choza mongola o en lo más recóndito de la oscura selva amazónica. Si me apuran, creo que hasta Edurne Pasaban subió la suya al Shisha Pangma por si pudiera necesitarla en la fiesta del campamento base.
Este adminículo, oculto como un alien entre la ropa interior o en una bolsa de patatas fritas, es la principal causa de divorcio de los matrimonios
in itinere. Curiosamente, la adicción al planchado no tiene sexo, porque uno ha visto a todo un pasante de notario deambular en busca de un enchufe en una aldea aborigen para poder recuperar la raya de sus pantalones de Coronel Tapioca. Imagino que pronto estarán en el mercado las planchas con conexión parabólica, como esas ollas solares que cuecen alimentos a ritmo caribeño, pero más urgente que eso es que los chinos consigan hacerlas más ligeras. Eso sí que sería un exitazo del I+D, por lo común dedicado a desarrollar máquinas de destrucción masiva... de empleo. Observo con cierto desasosiego la proliferación de otro tipo de planchas, las de pelo, que aunque menos aparatosas tienen tanto instinto aventurero como las primeras. Estoy por comprarme un escáner portátil para examinar el equipaje antes de salir y evitar así deslomarme por los aeropuertos con una maleta paradójica: cargada de ropa arrugada y llena de planchas.
Josetxu Rodríguez

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen retrato lo de las armas de destrucción masiva de empleo, qué acierto.
Y también todo lo demás, la falta de lógica de ir con una plancha a una aldea aborigen, me ha gustado, y hacerse la raya de los pantalones Tapioca. Eso lo hacen hasta gobiernos enteros, y de países desarrollados. ¿Os acordáis de unas estupendas cocinas eléctricas que el gobierno alemán envió como parte de su ayuda humanitaria a la localidad colombiana de Armero, cuando quedó sepultada por el lodo? No había dónde enchufarlas. Pero un muchachito imaginativo aparecía en una imagen entre dos que le servían como paredes para refugiarse y con un plástico tendido sobre ellas como techado.

Josetxu dijo...

Conozco una de latas de anchoas en aceite enviadas al Sahara...

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